Mar Romera a veces me sirve de inspiración para mis pildorillas.
Estoy haciendo un curso on line en Integratek sobre Asamblea en clase, que imparte ella, y en una de sus sesiones nos lanza el reto de responder qué hacen los girasoles cuando no sale el sol.
Seguro que tú lo sabes, pero yo la verdad es que no lo sabía. En principio pensé que lo que hacían era marchitarse, cerrarse, como hacen otras plantas y flores que viven de la luz del sol. Pero no. Lo que el girasol hace en buscar a sus compañeros girasoles y mirarse los unos a los otros para compartir sus energías.
Fascinante
Y no quiero hacer ahora la consabida “moraleja”. Pues claro que tendríamos que hacer lo mismo que los girasoles. Cuando las cosas vienen mal dadas, hay que unir recursos y energías para superar la crisis. Eso lo saben los girasoles y lo sabemos todos.
El tema es por qué no lo hacemos.
¿Sabéis por qué? Pues porque el ser humano se parece más a el puercoespín, que al girasol.
Cuando la vida se nubla y el horizonte parece apagarse, los seres humanos solemos comportarnos más como puercoespines que como girasoles. Esta metáfora ayuda a entender una tendencia profunda: en momentos difíciles, en vez de buscar luz en los demás, nos replegamos, nos aislamos y levantamos nuestras púas emocionales.
Girasoles: la metáfora de la unión
Los girasoles tienen un comportamiento fascinante. Cuando el sol brilla, lo siguen con devoción; cuando el cielo se cubre, permanecen juntos, orientados hacia donde creen que volverá la luz. No se aíslan, no se cierran, no se defienden. Se acompañan. Su fuerza está en la sincronía: cada tallo sostiene al otro, cada flor forma parte de un conjunto que resiste mejor cuando actúa como comunidad.
En esta metáfora, el girasol representa la capacidad humana de buscar apoyo, de orientarse hacia la esperanza, incluso cuando no hay claridad. Es la imagen de lo que ocurre cuando las personas se unen, comparten recursos emocionales y se sostienen mutuamente.
Puercoespines: la metáfora del aislamiento defensivo
El puercoespín, en cambio, responde a la amenaza erizando sus púas. Su estrategia es clara: protegerse alejando a los demás. No busca compañía, no busca luz, no busca comunidad. Su cuerpo se convierte en un muro.
Los seres humanos, ante el dolor, la incertidumbre o el miedo, solemos hacer lo mismo. Nos cerramos, nos endurecemos, levantamos barreras. A veces lo hacemos sin darnos cuenta: evitamos llamadas, rechazamos ayuda, nos volvemos más irascibles o más silenciosos. Creemos que aislarnos nos protege, cuando en realidad nos deja más vulnerables.
Cuando vienen mal dadas: la paradoja humana
Aquí aparece la paradoja: en los momentos en que más necesitamos actuar como girasoles, nos convertimos en puercoespines.
- Cuando la vida se complica, buscamos distancia.
- Cuando sentimos miedo, levantamos defensas.
- Cuando necesitamos luz, apagamos nuestras conexiones.
Es un mecanismo comprensible, incluso biológico, pero profundamente contraproducente. La soledad defensiva no cura, no repara, no sostiene. Solo prolonga la oscuridad.
La metáfora nos invita a elegir conscientemente. No podemos evitar que haya días sin sol, pero sí podemos decidir cómo nos colocamos ante ellos. Podemos optar por la postura del girasol: permanecer cerca, buscar luz en la mirada del otro, recordar que la unión es una forma de resistencia.
El puercoespín nos enseña que el miedo nos endurece, pero el girasol nos recuerda que la esperanza se cultiva en comunidad.
#ungestocambiatuvida





