Cómo se llega a no querer viajar
De verdad que estoy hasta el moño de ver cómo la publicidad y las redes sociales nos empujan hacia ciertos gustos. No hay persona en el mundo (al menos que yo conozca) a la que le preguntes qué le gustaría hacer si le tocara la lotería y/o si tuviese más tiempo, que no te diga que viajar. Lo curioso es que luego le preguntas por qué y las respuestas son tan variadas como “para ver cosas”, “por conocer el mundo”… todo siempre relacionado con VER.
Pues yo, que he vivido en dos continentes y 4 países distintos, 10 ciudades diferentes y he viajado por medio mundo, os puedo decir que a mí viajar por viajar NO me gusta. Y ¿sabéis por qué? pues porque no me gusta ser una mera observadora de lo que me rodea. A mí me gusta jugar, me gusta el barro, el mojarme, el tirarme a la piscina, el sentir, oler y tocar… vaya, que lo de ser expectadora lo llevo mal. Por eso quizá soy una verdadera “prosumidora” en esto de internet: consumo y produzco contenido, soy incapaz de solo mirar lo que otros hacen.
Creo que muchas personas son como yo, por eso no termináis de disfrutar de un viaje organizado donde te alojas en un complejo con una pulserita de “todo incluido” y te llevan a visitar un zoco árabe donde te dan una horita para verlo “y no te alejes mucho que es peligroso” o un museo en hora punta cuando no te apetece ni remotamente ver cuadros que no entiendes.
Ojo, no confundir con la hodofobia, que eso es otra cosa.
No te sientas culpable, solo cambia tu forma de viajar y siente, vive y convive.
Y si ves que no puedes, quizá tengas que currarte un poco más tu autoestima.
Viajar cuando no te gusta puede parecer una contradicción, pero en muchas personas funciona como un intento de validación externa más que como una elección auténtica. El argumento central es que, en ciertos casos, esta conducta refleja autoestima baja, porque el viaje deja de ser una experiencia deseada y se convierte en una forma de demostrar algo: pertenencia, éxito, capacidad económica o “ser interesante”. Cuando la motivación principal no es el disfrute sino la necesidad de encajar en un ideal social, el viaje opera como un mecanismo compensatorio.
La presión cultural por “ser alguien que viaja” es intensa. Las redes sociales han convertido el desplazamiento en un símbolo de valor personal. Quien siente inseguridad sobre su identidad puede recurrir a viajar para llenar ese vacío: acumular destinos como si fueran pruebas de valía. En este sentido, el viaje deja de ser exploración y se transforma en una estrategia para evitar el malestar interno. Es una forma de decir “yo también”, aunque por dentro exista desconexión o incluso rechazo hacia la experiencia.
Además, viajar sin disfrutarlo puede indicar dificultad para poner límites. La persona con autoestima baja suele priorizar expectativas ajenas sobre sus propias preferencias. Si el entorno valora viajar, ella se adapta, incluso a costa de su bienestar. No se permite reconocer que no le gusta, porque teme ser juzgada o quedar fuera del grupo. Así, el viaje se convierte en una obligación silenciosa que confirma la falta de autoafirmación.
Finalmente, cuando viajar se usa para escapar de uno mismo, la experiencia pierde sentido. No se viaja para conocer, sino para no sentir. Y esa evitación es otro signo de autoestima frágil: la incapacidad de sostener la propia vida sin recurrir a estímulos externos que distraigan del vacío interno.
Para resolverlo, te sugiero que veas esto: ES HORA DE MEJORAR (BIEN) TU AUTOESTIMA (Tutorial) – Esther Claver
#ungestocambiatuvida





