DIFICULTADES DE APRENDIZAJE Y EMOCIONES. 7 claves para entenderlo.

7 claves para entender cómo las emociones influyen en el aprendizaje de los niños

María tiene ocho años y presenta dificultades de aprendizaje relacionadas con un retraso en el proceso lector. Para ayudarla, recibe apoyo específico con Yolanda, una maestra responsable, implicada y con una buena formación.
Sin embargo, María no quiere ir con ella.
Cuando le preguntamos por qué, responde:
—Porque me chilla.
Pero Yolanda no le chilla.

Entonces, ¿por qué sus dificultades de aprendizaje?


Este caso, similar a muchas situaciones que he encontrado a lo largo de mis 30 años de experiencia profesional como psicóloga, nos permite comprender una cuestión fundamental: un niño no aprende únicamente con su capacidad intelectual. Aprende también desde el estado emocional con el que se enfrenta a la tarea.

La investigación sobre emociones confirma que emociones como la ansiedad, el disfrute, la esperanza, la vergüenza, la ira o el aburrimiento pueden modificar la motivación, la atención, la autorregulación y, finalmente, el rendimiento académico apareciendo las dificultades de aprendizaje (Pekrun et al., 2017).


Por eso, cuando un niño tiene dificultades de aprendizaje, no deberíamos preguntarnos únicamente «¿qué le cuesta?». Hay otra pregunta igualmente importante:
¿Cómo se siente cuando intenta hacerlo?
¿Cómo influyen las emociones en el aprendizaje?


Las emociones influyen en el aprendizaje porque modifican nuestra manera de atender, interpretar una situación, recordar información, motivarnos y actuar.
No son un elemento accesorio que podamos separar fácilmente de los procesos cognitivos.


Emoción y cognición funcionan profundamente interrelacionadas.


Una revisión sobre emociones y dificultades de aprendizaje autorregulado señala precisamente que las emociones académicas no deben entenderse simplemente como interferencias que haya que eliminar. Dependiendo de la emoción, de su intensidad, de la situación y de la capacidad del alumno para regularla, pueden facilitar o dificultar el aprendizaje.


Volvamos a María.
Cuando Yolanda entra en el aula para llevársela a apoyo, para nosotros ocurre algo aparentemente neutro: una profesora viene a buscar a una alumna.
Pero María puede interpretar una realidad completamente diferente:
«Viene a buscarme porque no sé leer como los demás».
«Soy la que necesita ayuda».
«Soy tonta».
«Voy a volver a hacerlo mal».
Por tanto, María no está reaccionando únicamente ante Yolanda. Está reaccionando ante lo que esa situación significa emocionalmente para ella.


Y esto cambia completamente nuestra manera de intervenir.


¿Por qué no podemos pedirle simplemente a un niño que “no se ponga nervioso”?


Porque las emociones no aparecen por decisión consciente.
Podemos aprender a identificarlas, comprenderlas, regularlas y decidir qué hacemos cuando aparecen, pero no podemos ordenar a nuestro organismo que deje de sentirlas.
Decirle a un niño:
«No tengas miedo».
«No te pongas nervioso».
«No te enfades».
raramente resuelve el problema.


La educación emocional no consiste en enseñar a los niños a no sentir emociones desagradables. Consiste en ayudarles a reconocerlas y desarrollar estrategias para responder a ellas de manera más adaptativa.
Y tampoco se trata de disfrazarlas.


La tristeza, el miedo, la ira, la vergüenza o la frustración forman parte de nuestra vida emocional. El objetivo no es eliminarlas, sino entender qué información nos están proporcionando y aprender a manejarlas para evitar esas dificultades de aprendizaje.


¿Existen emociones buenas y emociones malas para evitar las dificultades de aprendizaje?


Prefiero hablar de emociones agradables y desagradables, en lugar de emociones buenas y malas.
Además, la relación entre emoción y dificultades de aprendizaje no es tan sencilla como afirmar que las emociones agradables siempre ayudan y las desagradables siempre perjudican.


El disfrute y el interés suelen favorecer la motivación y el compromiso con las tareas. En cambio, emociones como ansiedad, ira, vergüenza, desesperanza o aburrimiento pueden interferir con diferentes procesos cognitivos y motivacionales propiciando las dificultades de aprendizaje.


Pero una determinada activación emocional también puede ayudarnos a movilizar recursos.


Aquí resulta especialmente interesante recordar la conocida ley de Yerkes-Dodson.


¿Qué nos enseña la ley de Yerkes-Dodson sobre el aprendizaje?


Yerkes y Dodson plantearon ya en 1908 una relación entre activación y rendimiento que posteriormente se ha popularizado mediante la conocida curva en forma de U invertida.


La idea básica es sencilla:
muy poca activación puede dificultar el rendimiento, pero demasiada activación también puede hacerlo.
Existe un nivel intermedio de activación que, dependiendo de la persona y de la dificultad de la tarea, puede resultar más favorable para el rendimiento.

Imaginemos dos extremos.


En uno encontramos a un niño convencido de que no puede aprender. Sus expectativas de éxito son mínimas. Antes incluso de empezar piensa:
«No me va a salir».
En el otro extremo encontramos a un niño tan activado, frustrado, enfadado o ansioso que le resulta muy difícil concentrarse en la tarea.
En ambos casos podemos tener problemas de aprendizaje, aunque las manifestaciones sean completamente diferentes.


Por eso, padres y profesores necesitamos aprender a reconocer el estado emocional del niño para evitar las dificultades de aprendizaje.
Pero todavía es más importante conseguir que el propio niño aprenda a reconocerlo.


¿Qué emociones pueden interferir especialmente en las dificultades de aprendizaje?


En la práctica clínica y educativa encontramos algunas emociones que merecen especial atención.


¿Cómo afecta la ansiedad al aprendizaje?


La ansiedad coloca al organismo en un estado de alerta ante una posible amenaza.
El niño puede experimentar miedo, tensión, hipervigilancia, preocupación anticipatoria e incluso manifestaciones físicas como dolor abdominal, dolor de cabeza, sudoración o taquicardia.


En el ámbito académico aparece además un elemento especialmente importante: el miedo al fracaso.
Un niño puede estar pensando simultáneamente en resolver una operación matemática y en lo que ocurrirá si vuelve a equivocarse.


Eso consume recursos cognitivos.


La investigación ha relacionado las dificultades de aprendizaje por ansiedad académica con dificultades en procesos como la memoria de trabajo y con un peor rendimiento en determinadas situaciones de aprendizaje.
Por eso, ante un niño que rinde por debajo de sus posibilidades, no siempre debemos preguntarnos únicamente si sabe hacerlo.


También debemos preguntarnos:
¿Qué está ocurriendo emocionalmente mientras intenta hacerlo?
¿Qué ocurre cuando un niño cree que haga lo que haga va a fracasar?


Aquí aparece otro fenómeno importante: la indefensión aprendida.


Cuando un niño acumula experiencias de fracaso puede terminar desarrollando una expectativa generalizada:
«No puedo».
El problema es que esa expectativa puede extenderse posteriormente a tareas que sí podría realizar.
Deja de intentarlo porque anticipa el fracaso.
Así puede aparecer un círculo muy peligroso:
fracaso → expectativa negativa → menor esfuerzo o evitación → nuevo fracaso → confirmación de la expectativa.


¿Cómo empezamos a romperlo para regular esas dificultades de aprendizaje?


Con experiencias progresivas de éxito.
No regalando resultados ni diciéndole constantemente que todo lo hace bien, sino proponiéndole retos que estén a su alcance y permitiéndole comprobar:
«Esto sí puedo hacerlo».


¿Qué papel tienen la ira, la vergüenza, los celos y la culpa?


La ira puede aparecer cuando el niño percibe obstáculos, injusticias o frustración. No implica necesariamente agresividad, aunque una mala regulación de la ira puede favorecer respuestas agresivas.
La vergüenza resulta especialmente relevante en el contexto escolar para las dificultades de aprendizaje.


Un niño que tiene que leer delante de sus compañeros cuando sabe que lee peor que ellos puede no estar viviendo simplemente un ejercicio académico.
Puede estar viviendo una amenaza a su propia imagen.
También la comparación social, los celos, la envidia o la culpa pueden intervenir en las relaciones con compañeros y adultos y modificar la experiencia escolar.
Por eso resulta insuficiente observar solamente la conducta.
Detrás de un:
«No quiero hacerlo»
puede esconderse:
«Tengo miedo de no poder hacerlo».


¿Las expectativas de padres y profesores afectan al rendimiento?


Sí, y este es otro de los aspectos que debemos vigilar.
Las expectativas que los adultos construimos sobre los niños pueden modificar, muchas veces de manera inconsciente, nuestra forma de relacionarnos con ellos.
Si pensamos que un alumno es brillante, probablemente le ofreceremos determinadas oportunidades, toleraremos mejor sus errores o esperaremos más tiempo su respuesta.
Si pensamos que tiene pocas capacidades, podemos terminar reduciendo nuestras expectativas y nuestras demandas.


Es lo que tradicionalmente se ha relacionado con el efecto Pigmalión o profecía autocumplida.
Por eso debemos observar nuestras expectativas.
No se trata de pensar que todos los niños pueden conseguir cualquier cosa. Se trata de evitar que nuestras propias creencias limiten anticipadamente aquello que les permitimos intentar.


¿Por qué el vínculo con el profesor puede cambiar el aprendizaje?


Volvamos finalmente a María.
¿Por qué dice que Yolanda «le chilla» cuando objetivamente no lo hace?
Porque María no está describiendo necesariamente el volumen de voz de su profesora.
Está describiendo cómo se siente con ella.
Cada vez que Yolanda aparece, María sabe que abandona su clase ordinaria porque tiene dificultades lectoras. La propia situación puede recordarle aquello que no sabe hacer.
Si además las actividades de apoyo le resultan difíciles, repetitivas o poco gratificantes, Yolanda termina asociándose emocionalmente con una experiencia desagradable.


Y ahí está una de las grandes claves.


Los niños se vinculan emocionalmente con los adultos significativos de su entorno.


Una revisión sistemática reciente sobre seguridad socioemocional señala la importancia que las relaciones seguras y de apoyo tienen para variables como la implicación escolar y el rendimiento académico.
Por eso la relación profesor-alumno no es un adorno del proceso educativo.
Forma parte del propio contexto en el que se produce el aprendizaje.


¿Cómo podemos favorecer emociones que ayuden a aprender?


No necesitamos convertir cada clase en un espectáculo ni evitar cualquier frustración.
Necesitamos crear contextos en los que el niño pueda sentirse suficientemente seguro para enfrentarse al error.
En mi experiencia, hay 7 principios especialmente importantes:

  1. Mantener expectativas positivas pero realistas. Creer en las posibilidades del niño sin exigirle aquello para lo que todavía no está preparado.
  2. Construir un autoconcepto ajustado. Una dificultad concreta no puede convertirse en una identidad: «me cuesta leer» no significa «soy tonto».
  3. Poner nombre a las emociones. Podemos hacer de espejo: «Creo que te estás enfadando porque esto te está costando».
  4. Normalizar el error. Equivocarse debe formar parte del aprendizaje, no convertirse en una amenaza.
  5. Crear experiencias progresivas de éxito. Especialmente cuando el niño ha acumulado muchos fracasos.
  6. Cuidar el vínculo emocional. La forma en que el niño percibe al adulto condiciona su disposición hacia aquello que ese adulto le propone.
  7. Favorecer el disfrute y la implicación en la tarea. Las actividades atractivas y significativas aumentan la motivación. De hecho, investigaciones recientes sobre aprendizaje basado en el juego encuentran mejoras en motivación e implicación.

Y añadiría algo fundamental: el ejemplo de los adultos.


Los niños aprenden también observando cómo nosotros reaccionamos ante la frustración, los errores, el miedo y los conflictos.


¿Qué podemos aprender finalmente del caso de María?


María nos enseña que, cuando un niño rechaza aprender, no siempre está rechazando el aprendizaje.
Puede estar rechazando cómo se siente cuando aprende.
Ese cambio de perspectiva es enorme.


Ante un niño que evita los deberes, se enfada cuando tiene que estudiar, dice que odia el colegio o se bloquea ante los exámenes, antes de concluir que es vago, desobediente o poco motivado, merece la pena preguntarnos:


¿Qué emoción hay detrás de esta conducta?


Durante mis años de experiencia clínica he comprobado muchas veces que entender esa emoción modifica nuestra manera de intervenir.
Porque enseñar a aprender también significa enseñar a tolerar la frustración, comprender el miedo, gestionar la activación, aceptar el error y recuperar la confianza en las propias capacidades.


Y quizá ahí se encuentre una de las tareas más importantes de padres, profesores y psicólogos.
Preguntas frecuentes sobre emociones y aprendizaje


¿Las emociones negativas impiden siempre aprender?


No. Las emociones desagradables no son necesariamente perjudiciales y cumplen funciones importantes. El problema aparece especialmente cuando su intensidad, duración o regulación interfieren con la atención, la motivación o los recursos cognitivos necesarios para realizar una tarea.


¿La ansiedad puede provocar que un niño rinda peor aunque conozca la materia?


Sí. Una ansiedad elevada puede consumir recursos atencionales y de memoria de trabajo. Por eso algunos niños saben realizar determinadas tareas en contextos tranquilos pero se bloquean ante un examen o cuando sienten que están siendo evaluados.


¿Qué puedo hacer si mi hijo dice continuamente que no puede aprender?


Conviene averiguar primero por qué lo dice. Puede existir una dificultad real de aprendizaje, experiencias repetidas de fracaso, ansiedad, problemas de autoestima académica u otros factores. Acumular pequeñas experiencias reales de éxito puede ayudar a reconstruir progresivamente su percepción de competencia.


¿Cuándo debería consultar con un psicólogo?


Cuando el rechazo escolar, la ansiedad, la tristeza, la irritabilidad, las somatizaciones, los problemas de conducta o las dificultades académicas son persistentes o interfieren significativamente con la vida cotidiana del niño, es recomendable realizar una valoración profesional.


Si estás viviendo una situación parecida con tu hijo o hija y no sabes qué puede estar detrás de sus dificultades escolares, te sugiero que pidas consejo a través de cualquiera de las modalidades que te ofrezco para valorar qué está ocurriendo y cuál puede ser la mejor forma de intervenir.

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Referencias
Chen-Bouck, L., Patterson, M. M., & Peng, A. (2024). Relations of coping strategies and cognitive emotion regulation to Chinese children’s academic achievement goals and academic performance. Frontiers in Psychology, 15, 1454886. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1454886
Dias, P., Veríssimo, L., Carneiro, A., & Duarte, R. (2024). The role of socio-emotional security on school engagement and academic achievement: Systematic literature review. Frontiers in Education, 9, 1437297. https://doi.org/10.3389/feduc.2024.1437297
Pekrun, R., Lichtenfeld, S., Marsh, H. W., Murayama, K., & Goetz, T. (2017). Achievement emotions and academic performance: Longitudinal models of reciprocal effects. Child Development, 88(5), 1653–1670.
Yerkes, R. M., & Dodson, J. D. (1908). The relation of strength of stimulus to rapidity of habit-formation. Journal of Comparative Neurology and Psychology

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